Este tema podrá tratarse en dos sesiones.
El objetivo de esta clase es ayudar a los buscadores de la verdad a obtener una perspectiva más amplia sobre la salvación y comenzar a poner su fe en Jesucristo nuestro Salvador. La salvación por gracia a través de la fe no debe separarse de los mandamientos del Señor y de la gracia salvadora del Señor en los sacramentos, sino que es parte integral de ellos.
▶️ Diapositivas sobre la salvación para usar en clase
El pecado nos ha separado de Dios, y el pecado lleva a la muerte. Pero antes de que el hombre pecara y fuera sentenciado a muerte, Dios ya había preparado un plan de salvación.
Podemos preguntarnos: “¿Por qué Dios no puede simplemente perdonar a los pecadores y dejar que vivan?” Primero, debemos entender la gravedad de desobedecer a Dios. Dios, que es el Creador y el Soberano, ha establecido el orden en su creación. Cuando desobedecemos a Dios, violamos el orden establecido y cometemos un crimen contra el Creador.
Si Dios ignorara cada vez que el hombre violara su ley, no sería el Dios justo que es. No desearíamos que quedaran impunes asesinos en masa como Hitler o Stalin. Sin embargo, esperamos que Dios nos perdone cuando violamos sus leyes morales. Queremos que los demás sean llevados ante la justicia, pero que nosotros recibamos el perdón. Eso es tener un doble estándar, algo que un Dios justo no puede aceptar. Cuando el hombre peca contra Dios, la consecuencia es la muerte porque al elegir el rechazo a Dios, nos separamos de la vida de Dios. Ésa es la consecuencia mortal del pecado.
Pero Dios no sólo es justo, sino que también es amoroso y misericordioso. No se deleita en la muerte de un pecador. Él quiere restaurar la relación quebrantada con sus hijos. Para hacerlo sin comprometer su justicia, pagó el precio más alto del amor. Él eligió tomar nuestro lugar y soportar el castigo por nuestros pecados.
Un deudor no puede pagar la deuda de otra persona porque él mismo está en deuda. De la misma manera, ningún otro ser humano puede salvarnos porque todos han pecado. Incluso la persona más piadosa no es más que un pecador. Sólo Dios puede ser nuestro Salvador. Para poder pagar la deuda de nuestros pecados, sufrió las consecuencias del pecado muriendo por nosotros. Por esta razón, Él mismo vino a este mundo y se hizo hombre.
Este hombre, que es Dios encarnado, es Jesús. El nombre Jesús significa "el Señor salva". Dios mismo vino a este mundo en la forma de un ser humano para salvarnos de nuestros pecados. Jesús, estando en la carne, fue llamado Hijo de Dios. Como hijo, vivió en perfecta obediencia al Padre celestial.
Por lo cual, entrando en el mundo dice: “Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. Holocausto y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ‘He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí’”. (Hebreos 10:5-7)
Mientras que la humanidad desobedeció a Dios, Jesús obedeció completamente la voluntad de Dios. Aunque fue humano y también fue tentado como nosotros, no cometió pecado alguno. Al final, obedeció a Dios hasta el punto de ir a la cruz para morir por los pecados de la humanidad.
Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. (Hebreos 2:9)
Jesús fue como un cordero sin defecto. Él entregó su vida como el sacrificio perfecto para expiar nuestros pecados. La obediencia de Jesús hasta la muerte revirtió la desobediencia de la humanidad.
Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. (Romanos 5:17)
Debido a que Jesús nunca pecó, pudo pagar el precio de nuestros pecados. El Justo murió en lugar de los pecadores. Como resultado, aquellos que lo aceptan pueden ser absueltos ante Dios.
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. (2 Corintios 5:21)
Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. (1 Pedro 2:24)
A cambio de la muerte de Jesús, los creyentes de Jesús reciben el don de la vida.
Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 6:23)
A través de la cruz, Jesús venció al diablo y al poder de la muerte. La muerte no pudo retener a Jesús porque Él es el Señor de la vida. Tres días después de su muerte, Jesús resucitó tal como lo había dicho.
Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu. (1 Pedro 3:18)
Jesús resucitó de la muerte y venció al pecado y a la muerte. Ascendió al cielo en gloria y regresará un día como el Juez. Por su muerte y resurrección, el camino hacia Dios vuelve a estar abierto. Nuestro Salvador resucitado nos ha traído una esperanza viva. Los que creemos en Él y somos bautizados en su nombre podemos recibir una nueva vida hoy y resucitaremos a la vida eterna en el futuro. Pablo escribe a los cristianos acerca de su futuro glorioso:
Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. (Filipenses 3:20-21)
Cuando Cristo venga, este cuerpo corruptible que tenemos ahora será transformado en un cuerpo incorruptible. Nuestra muerte física no será más que un sueño temporal porque resucitaremos a la vida. Al igual que nuestro Señor Jesucristo, también venceremos a la muerte. Esta gloriosa esperanza de la vida eterna es para todos los que crean en Jesucristo.
Incluso en esta vida presente, nosotros que renacemos en Jesucristo podemos superar los desafíos de la vida. En Jesucristo tenemos una nueva vida y nos convertimos en una nueva persona.
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17)
Si confías en Jesús, Él te salvará y te hará nueva criatura. Como nueva criatura, puedes reparar tus relaciones quebrantadas, superar las adicciones, encontrar el propósito de la vida y afrontar las dificultades de la vida con valentía, paz y alegría. Él convertirá el odio en amor, la desesperación en esperanza y la oscuridad en luz.
Tal como lo proclamó el Señor Jesús, Él es la respuesta definitiva. Él es el pan y la fuente de agua viva que nos sacia. Él es la luz que brilla en nuestra oscuridad. Él es la vida que vence a la muerte. En Él podemos tener una vida en abundancia y una vida que nunca termina.
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12)
Jesús es nuestro único Salvador, porque sólo Él ha pagado la deuda de nuestros pecados y sólo Él ha triunfado sobre la muerte.
Nada en esta vida es para siempre. Las cosas y las personas en las que confiamos no siempre podrán ayudarnos. Pero Jesús nunca nos fallará. Él vive y siempre está presente para ayudarnos. Cuando llegue la muerte y tengamos que afrontar nuestro destino final, Jesús y sólo Jesús puede recibirnos en su reino eterno.
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. (Efesios 2:8-9)
La Biblia nos enseña que nuestra salvación es por gracia mediante la fe. La “gracia” y la “fe” son dos términos importantes relacionados con la salvación.
La "gracia" por definición es "un favor" o "un don". Es lo opuesto a "la paga". Dios nos da la salvación gratuitamente. Jesucristo, el Hijo de Dios, ha pagado con su propia sangre la deuda de nuestros pecados. No es posible que ganemos la salvación con nuestras buenas obras, porque todos somos pecadores ante Dios.
Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. (Romanos 3:23-24)
Cristo Jesús es el único camino para llegar a ser justos ante Dios. Ésta es la gracia de Dios que se nos ha dado como don. Es posible gracias a la redención de Cristo. Eso significa que Jesús pagó por nuestros pecados con su propia muerte. Ningún otro medio, incluyendo las obras caritativas, la piedad religiosa o la autodisciplina, puede conducirnos a Dios.
Nuestro Señor Jesucristo ha pagado con su sangre el precio de la redención. Para que nuestros pecados sean perdonados, necesitamos la sangre de Cristo.
En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia. (Efesios 1:7)
¿Cómo se aplica a nosotros la sangre de Cristo? ¿Cuándo somos perdonados de nuestros pecados? La Biblia nos dice que somos justificados gratuitamente por la gracia de Dios mediante el lavamiento de la regeneración.
Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. (Tito 3:4-7)
Dios nos salvó, no por nuestras buenas obras, sino por su misericordia. Esto se llama "gracia". Pero, ¿cómo se nos da la gracia de Dios? Este pasaje nos dice que Dios nos salva “por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”.
Primero, el lavamiento de la regeneración nos justifica. Eso significa que cuando recibimos el lavamiento de la regeneración ya no somos pecadores ante Dios. En cambio, Dios nos considera limpios y justos. ¿A qué se refiere este lavamiento de la regeneración? Cuando buscamos la palabra “lavamiento” y las palabras bíblicas relacionadas a ésta, entendemos que se refiere al bautismo en Cristo, y que este lavamiento tiene como propósito la remisión de los pecados. Por ejemplo, a Saulo se le dijo que fuera bautizado:
“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre”. (Hechos 22:16)
En ese momento, Pablo había sido llamado por el Señor Jesús. Pero aún era un pecador. Sus pecados debían ser lavados. De acuerdo a este versículo, la única manera de hacerlo era a través del bautismo. Por esta razón, después de la ascensión del Señor Jesús y del derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos bautizaron a todos aquellos que aceptaron a Jesús. Pedro dijo a la multitud:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. (Hechos 2:38)
Para que nuestros pecados sean perdonados, cada uno de nosotros debemos arrepentirnos y ser bautizados en el nombre de Jesucristo. En el bautismo, la sangre de Jesucristo nos lava y nos limpia de nuestros pecados. En la gran comisión a sus discípulos, el Señor Jesús dijo:
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. (Marcos 16:16)
El Señor promete la salvación a todos los que crean y sean bautizados. A través del bautismo, recibimos la gracia de la salvación porque en el bautismo nuestros pecados son perdonados. Esta es la gracia de Dios. Desafortunadamente, a menudo el bautismo ha sido malinterpretado como obra del hombre y rechazado como medio de la gracia salvadora de Dios. Pero la Biblia nos enseña que el poder salvador del bautismo se debe al don misericordioso de Dios a través de Jesucristo.
Repasemos el pasaje que estudiamos anteriormente sobre la salvación de Dios:
Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. (Tito 3:5-7)
Dios nos salva por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación en el Espíritu Santo. Cuando somos lavados por la sangre de Cristo en el bautismo, somos regenerados con una vida nueva. Pero ese no es el final de la obra salvadora de Cristo en nosotros. Dios también derrama su Espíritu Santo sobre los que son bautizados en Cristo para que sean renovados.
Dios nos da su Espíritu Santo para ayudarnos a vivir como una nueva persona en Cristo. Pablo escribe acerca de esta transformación a través del Espíritu Santo en su carta a los romanos:
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. (Romanos 8:1-2)
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. (Romanos 8:10-11)
Antes de venir a Cristo, estamos muertos en nuestros pecados. Vivimos de acuerdo a nuestros propios deseos y somos hijos de la desobediencia. Pero cuando creemos en el Señor Jesús y somos bautizados en Cristo, morimos al pecado y dejamos atrás nuestro estilo de vida anterior. A fin de poder llevar una vida nueva, Dios nos da su Espíritu Santo para que more en nosotros.
Al vivir según el Espíritu de Dios, somos libres de las garras del pecado y de la muerte. El cuerpo que solía entregarse a las concupiscencias pecaminosas recibe ahora una nueva vida para andar de acuerdo a la justicia de Dios. En lugar de vivir en la oscuridad, en la confusión y en la desesperación, podemos ahora vivir en la luz y en el amor de Dios. Este maravilloso don es la gracia salvadora de Dios a través de Cristo.
Como vimos anteriormente en el libro de Tito, Dios derrama abundantemente su Espíritu Santo en nosotros para que podamos llegar a ser herederos de Dios. Eso significa que nos convertimos en verdaderos hijos de Dios, portadores de la imagen de Dios y calificados para heredar la gloriosa vida eterna.
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. (Romanos 8:14-16)
Los creyentes de Cristo pueden tener el precioso don del Espíritu Santo en ellos. Ésto da testimonio de que son hijos de Dios. También les permite vivir como verdaderos hijos de Dios. ¡Qué don de salvación! Éste don también será tuyo si aceptas a Jesús como tu Señor y Salvador.
“¿Qué debo hacer para ser salvo?” Esta es la pregunta más importante que debemos hacernos en la vida. En el libro de Hechos, capítulo 16, encontramos la historia del carcelero que le hizo esta pregunta crucial a los apóstoles y recibió la respuesta.
Y sacándolos, les dijo: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” Ellos dijeron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. (Hechos 16:30-31)
Este carcelero estaba a punto de suicidarse antes de que el apóstol Pablo lo detuviera. Él acababa de presenciar un gran milagro y su vida fue perdonada. Sabía que Pablo y Silas eran hombres piadosos, por eso quería que le dijeran cómo podía ser salvo.
Ellos dijeron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. (Hechos 16:31)
Los apóstoles le dieron al carcelero una respuesta muy clara. Debía creer en el Señor Jesús. De esta manera, él y su casa serían salvos. Este es el mensaje del evangelio, las buenas nuevas de Jesucristo. Todo aquel que crea en el Hijo de Dios no perecerá, sino que tendrá vida eterna. Jesús es el único camino a Dios. No podemos obtener la salvación siendo una buena persona o haciendo obras caritativas. La fe, más bien que las obras, es el medio por el cual somos salvos.
¿Qué significa creer en Jesús, el Hijo de Dios?
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. (Efesios 2:8)
Somos salvos por gracia mediante la fe. "Gracia" significa "un don". La salvación es un don de Dios. “Fe”, por otro lado, significa “aceptar el don”.
Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. (Juan 20:31)
Creer en Jesús es creer que Él es el Cristo, el Hijo de Dios. "Cristo" proviene de una palabra griega que significa "el ungido". Es un término bíblico reservado para el futuro Rey nombrado por Dios para salvar y gobernar a su propio pueblo. Creer en Jesús es creer que Él es nuestro Rey, nuestro Señor y Salvador. “Hijo de Dios” significa que Él es de Dios, que se ha encarnado para librarnos de nuestros pecados, que ha resucitado y que volverá en gloria. Cuando examinamos la evidencia de la Biblia, esperamos que te quedes convencido de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.
Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. (Romanos 10:9-10)
Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. (Romanos 10:13)
Recibimos nuestra salvación cuando confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor y creemos en nuestro corazón que Dios lo resucitó de la muerte. En otras palabras, si invocamos el nombre del Señor, seremos salvos.
Invocar el nombre del Señor no es simplemente una confesión única o un consentimiento mental. Con demasiada frecuencia, este pasaje ha sido mal interpretado en el sentido de que, para ser salvo, todo lo que se necesita es confesar una sola vez con la boca que Jesús es el Señor y aceptar mentalmente que Dios resucitó a Jesús de la muerte. De esta forma, uno es salvo instantáneamente. No se necesita hacer nada más. Esta es una grave distorsión de lo que significa creer en el Señor Jesús. También contradice lo que la Biblia enseña acerca de la fe.
La fe no sólo es una confesión verbal o un consentimiento mental, sino una aceptación total de Jesucristo y un compromiso hacia Él como nuestro Señor por el resto de nuestras vidas. La fe también implica arrepentimiento, que es dejar nuestros caminos pecaminosos y dirigirnos a Dios. Además, la fe incluye aceptar la gracia salvadora de Dios a través del bautismo en el nombre del Señor Jesucristo, aceptar el lavado de pies de Jesús para tener parte con Él, y aceptar la carne y la sangre de nuestro Señor Jesucristo para tener su vida.
El Señor Jesús habló sobre el verdadero significado de creer en Él:
“Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ‘Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad’’”. (Mateo 7:22-23)
En el día final, muchas personas serán rechazadas por el Señor Jesús. ¿Quiénes son estas personas que Jesús menciona en este pasaje? Son cristianos profesos. Llaman a Jesús “Señor, Señor”. Hasta han predicado en el nombre de Jesús y hecho milagros en su nombre. ¿No han confesado a Jesús con su boca y creído en Jesús desde su corazón? Ellos deben haber pensado que sí lo han hecho. Pero, ¿por qué no serán salvos?
“No todo el que me dice: ‘Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’”. (Mateo 7:21)
La fe sin obediencia no es una fe verdadera. Creer en el Señor Jesús implica obedecer lo que Él dice. Creer en el Señor Jesús no es simplemente aceptar que Jesús murió por nosotros y resucitó. Significa aceptar totalmente a Jesús como nuestro Señor. Significa hacer lo que Él nos dice porque reconocemos que Él es nuestro Señor.
Por ejemplo, el Señor Jesús habló acerca de la importancia del bautismo y de la fe:
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. (Marcos 16:16)
El mismo Señor Jesús prometió que quien crea y sea bautizado, será salvo. También ordenó a los discípulos que bautizaran a los creyentes. Sin embargo, a muchas personas se les ha enseñado que el bautismo no es necesario para la salvación.
Por el contrario, vemos en la Biblia cómo los apóstoles bautizaban a los creyentes de acuerdo al mandato de Jesús y cómo los creyentes aceptaban el bautismo de acuerdo al mandato de Jesús. A través de la fe, morimos y resucitamos espiritualmente con Cristo cuando somos bautizados en Cristo. Como resultado, renacemos con una nueva vida en Cristo.
En la historia del carcelero, podemos ver cómo él realmente creyó en el Señor Jesús.
Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios. (Hechos 16:32-34)
Después de que los apóstoles le dijeron al carcelero que creyera en el Señor Jesús, le hablaron la palabra del Señor a él y a su familia. Entonces, el carcelero y su familia fueron bautizados inmediatamente. No dudaron en obedecer las palabras del evangelio y se bautizaron en seguida. Ellos creyeron y aceptaron al Señor Jesús al obedecer su palabra y al ser bautizados. Como resultado de su fe, él y toda su familia recibieron una vida nueva y alegre en Jesucristo. Sus pecados fueron lavados en la sangre de Cristo mediante el bautismo. Ahora podrían vivir con la esperanza de la eternidad con Dios.
La fe exige obediencia. El propósito del evangelio es la obediencia de la fe, para que las personas vuelvan de las tinieblas del pecado a la luz de Jesucristo. La conversión es un compromiso total y de por vida con Cristo.
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20)
El amor de Jesucristo transformó al apóstol Pablo. Pablo dice que ya no es él quien vive, sino que Cristo vive en él. Esta nueva vida que vive, la vive por la fe en el Hijo de Dios. Ese es el significado de creer en Jesucristo. Si declaramos que conocemos a Jesucristo, pero no hacemos lo que Él dice, entonces Él aún no es nuestro Señor. Si decimos que somos cristianos, pero continuamos caminando en la oscuridad, entonces aún no hemos creído verdaderamente en el Señor Jesús.
Dios nos ofrece gratuitamente su gracia de salvación. Depende de nosotros el aceptar este don de la vida eterna. La forma de aceptarlo es creyendo que Jesús es nuestro Señor y Salvador. Eso significa arrepentirnos de nuestros pecados, renacer por medio de Cristo y llevar una vida nueva en obediencia a nuestro Señor Jesús hasta el día que regrese para recibirnos en su reino celestial.
¿No puedo simplemente ser una buena persona? ¿No es Dios demasiado estrecho de miras salvando sólo a los que creen en Él? [6.5-6.6]
¿Qué hay de los buenos gentiles que nunca han oído hablar de Cristo? [6.7]
¿Puedo creer en Dios pero no pertenecer a ninguna religión? [6.9]
¿No nos salvamos cuando confesamos y creemos en Cristo? [7.6-7.7]
¿Las buenas obras de un creyente indican que ya ha sido salvo? [7.8]
Respuestas (Preguntas y respuestas, Capítulo 6: La religión y la salvación; Capítulo 7: Los sacramentos y la salvación)